14 julio, 2026
Cuando evaluamos a un consultante, a veces queremos apoyarnos en cuestionarios, escalas validadas y preguntas cerradas que ordenan la experiencia en categorías claras.
Todos estos son útiles, pero nos muestran únicamente fragmentos.
En EFIT buscamos algo distinto: una narrativa coherente de la línea de vida de la persona, contada en su propia voz y sentida en el cuerpo mientras la cuenta.
¿Por qué importa esta coherencia? Porque el apego no vive en respuestas aisladas a preguntas puntuales. Vive en patrones que se repiten a través del tiempo: a quién se buscaba en momentos de necesidad, si esa persona estaba disponible, qué se aprendió a hacer cuando no lo estaba.
Una escala puede decirnos que alguien puntúa alto en evitación. Una entrevista experiencial nos deja ver cómo se construyó esa evitación: en la mesa familiar, en los momentos de “antes y después” de una pérdida, en la manera en que aprendió —o no— a pedir consuelo.
Por eso, en lugar de sencillamente hacerle preguntas y obtener información, invitamos al consultante a recorrer su historia: ¿cómo era la hora de la cena?, ¿a quién acudía cuando estaba asustado o triste?, ¿esa persona realmente estaba ahí?, ¿qué pasó en las grandes transiciones (un duelo, una migración, un nacimiento) y quién sostuvo a quién?
La diferencia no es solo de método, es de postura terapéutica. Una evaluación técnica clasifica. Una evaluación experiencial, acompaña.
El terapeuta está presente mientras la historia se despliega, sintonizando con el consultante en tiempo real, dejando que el cuerpo y la voz expresen los matices de la experiencia. Esa coherencia narrativa, el hilo que conecta pasado y presente, es, en sí misma, parte del proceso de cambio.
Tres tips para que la entrevista no se vuelva un cuestionario disfrazado:
1. Refleja antes de avanzar
Cuando el consultante responde a una pregunta, resiste el impulso de pasar a la siguiente pregunta. Refleja lo que escuchaste (el contenido y lo que percibes debajo) y deja espacio para que la persona confirme, corrija o profundice. Esa pausa es lo que convierte una lista de preguntas en un proceso relacional. Y el reflejo invita al consultante a explorar o profundizar. .
2. Camina por la escena, no solo por el dato
En vez de quedarte con la respuesta general (“mi infancia fue bastante normal”), invita al consultante a entrar en una escena concreta: ¿Cómo era el vecindario? ¿Cómo era un domingo típico en casa?, ¿Quienes están ahí? Ir a la escena y preguntar por los detalles activa la experiencia, no solo el recuerdo.
3. Sigue los marcadores emocionales en tiempo real
Si notas un cambio de voz, una mirada que se va, una pausa larga o lágrimas, quédate ahí antes de continuar con la siguiente pregunta de la lista. El marcador que aparece en la sesión es más importante que el orden del guión. La entrevista está para servir al proceso, no al revés.
Narrativa del desarrollo: preguntas sugeridas